¿Los niños se adaptan al sistema?
Hace un par de semanas, una mujer de alrededor de treinta años, me preguntó con una genuina inquietud, viéndolo como un percance para la elección del colegio de sus hijos, si los niños y jóvenes que salían del Rudolf Steiner lograban adaptarse de forma rápida al sistema. La respuesta fue: ojalá que no, o que no mucho. Le conté, entonces, que la búsqueda del colegio apuntaba a que nuestros alumnos pudiesen encontrar sus propios caminos y desarrollar sus inquietudes, de modo que no se adaptaran al sistema, sino que pudiesen colocar en él su mirada personal.
En general, los padres que se acercan al Rudolf vienen buscando algo que no está en el sistema de educación tradicional, ellos quieren algo distinto a las experiencias que tuvieron en su infancia y advierten que los colegios tradicionales no están respondiendo a esa necesidad. Por otro lado, ante una sociedad, un sistema, que en y desde varios ámbitos se encuentra en crisis, buscan una educación que dé a sus hijos otras herramientas, promueva la autonomía y la libertad. Como señala Rudolf Steiner, no nos interesa que la generación de niños y jóvenes que estamos formando sea lo que el orden establecido, el sistema, quiera hacer de ella, sino que la sociedad se construya a partir de las fuerzas y miradas sobre el mundo que las nuevas generaciones traigan.
Si por adaptarse al sistema se estuviese entendiendo el ingreso de los alumnos a la universidad, conjetura factible, cabe señalar que dicho objetivo si bien es una preocupación no es la meta de nuestra mirada pedagógica. Actualmente, vivimos en un mundo donde cada vez existe una mayor movilidad e inestabilidad, tanto en los ámbitos de los saberes como laborales. Según datos del 2011, el 50% de los jóvenes que en Chile ingresan a la universidad no terminan sus carreras, en tanto que el 57% de los que egresan no trabajan en lo que estudiaron ni en algo relacionado. Desconocemos como será el mundo en quince, veinte o treinta años, pero sabemos que será distinto, por consiguiente, entendemos el proceso de formación que se da en el kinder, la básica y la media, como fines en sí mismos (no un paso para otra cosa), en donde los estudiantes vayan desarrollando sus capacidades, habilidades, inquietudes y autonomía, para así actuar, desde sus individualidades, en el mundo que les toque vivir.
Si, con calma, atendemos a las cifras recién señaladas –pero con calma, aunque sea con un poco de calma, no con el apuro inmediatista con que padres y jóvenes se ven empujados a decidir sobre el futuro de estos últimos– la pregunta obvia e inmediata es cómo acercarnos a un “sistema” que se haga cargo de esta realidad, que se haga cargo de las inquietudes e impulsos que están trayendo las nuevas generaciones.